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El orientador escolar como agente de cambio educativo

La figura del orientador escolar tal y como la conocemos en la actualidad nació en la década de los noventa bajo la reforma de la LOGSE(1990), la cual planteaba un transformación estructural y social dirigida a promover una educación más integral, participativa, humanista y democrática, que fuera capaz de ajustarse y dar respuesta a la diversidad emergente de la población española. No obstante, la novedad de su rol y el desconocimiento y difusión de sus funciones hacía difícil su inmersión en la dinámica de los centros así como el cumplimiento de su misión real: guiar y colaborar estrechamente con los miembros de la comunidad educativa para ayudarles a progresar en la superación de las barreras ideológicas, metodológicas y organizativas que obstaculizaran la apertura y flexibilidad que los docentes necesitaban a fin de dar respuesta a las exigencias del nuevo cambio. A este obstáculo inicial se añadía la incompetencia administrativa para procurar una formación inicial adecuada a estos profesionales, que tampoco encontraban respuestas satisfactorias en entidades como los Centros de Formación del Profesorado, cuyas actividades estaban más encaminadas a informar y a favorecer un reciclaje mal entendido a partir de los profesores de disciplina del bachillerato que a formar verdaderamente a las nuevas figuras orientadoras desde una perspectiva sistémica que diera organización y sentido a su práctica. Así pues, el orientador se vio abocado a contagiarse de las dinámicas de los centros, que no habían cambiado su cultura, limitándose a realizar una labor asistencial dirigida a alumnos que no realizaban el seguimiento normal de las clases, a profesores que buscaban recetas para solucionar sus problemas en el aula , a ofrecer consejo normativo a los equipos directivos y a rellenar documentos de tipo administrativo para sacar adelante los distintos proyectos.

Afortunadamente, poco a poco ha ido dejando atrás el modelo clínico y psicométrico para situarse en planteamientos más colaborativos y ecológicos que le permitan ir definiendo y negociando su relación con el centro e ir estableciendo pautas de comunicación e intervención conjunta. Es decir, el orientador ha pasado de ser un ancla sobre la que reposar el peso de la institución educativa a ser una figura de acompañamiento, que actúa de faro para iluminar aquellas áreas más vulnerables y dinamizar los procesos necesarios para ir introduciendo mejoras en el centro. La orientación, entendida como guía, se ha diversificado en distintas figuras (tutores, especialistas, familias) y ámbitos de actuación (procesos de enseñanza-aprendizaje, acción tutorial, atención a la diversidad, orientación académica y profesional, convivencia, etc) y ha ido surgiendo la necesidad de contar con una figura más próxima que cuente con una mirada amplia y centrada en analizar los procesos que se dan en el centro a fin de promover un cambio real en el sistema: la figura del asesor.

El asesoramiento en educación, a diferencia de otras prácticas de asesoramiento en las que se espera obtener una solución técnica de un experto, implica una verdadera actividad de colaboración entre asesores y asesorados para definir y solucionar problemas relacionados con la mejora de la enseñanza y la calidad de los aprendizajes así como con los procesos y las relaciones que las acompañan, tanto dentro como fuera del centro. A nivel funcional, eso supone partir de un paradigma que combine elementos de corte didáctico, sociológico y también humanista y actuar desde un enfoque práctico-crítico ligado al constructivismo de carácter social e insertado en el currículum.

Desde esta perspectiva, la relación que ha de establecerse para que el asesor pueda ejercer satisfactoriamente su papel de agente de cambio el asesor es, por una parte de facilitación y motivación y, por otra de colaboración crítica. Tal y como ocurre en los procesos de enseñanza-aprendizaje, el asesor debe construir las condiciones de andamiaje para que el centro y sus miembros pasen de su desarrollo actual a alcanzar su desarrollo potencial. El tipo de intervención, por tanto, ha de ser primordialmente indirecto, siguiendo un modelo de consulta, en el que el asesor capacite y forme a docentes, familias y alumnos para que sean más autónomos y puedan actuar de un modo más preventivo ante los problemas, al tiempo que se van desarrollando en sus distintas facetas y potencialidades.

Uno de los retos de los orientadores del s.XXI en ese proceso compartido de transformación de los centros es ir modificando la manera en que se entiende la diversidad y e ir eliminando las barreras para el aprendizaje y la participación que impiden que todos los alumnos, sin excepción disfruten de una educación que combine equidad y calidad. La inclusión no implica preocuparse únicamente de una mera integración en la que se consiga un mayor bienestar social y emocional en relación al grupo de iguales, sino que implica aspirar desde una ética de la justicia a que los alumnos aprendan más y mejor, logrando un reflejo objetivo en cuanto a resultados académicos. El asesor, como una figura mediadora entre el sistema educativo y los centros, ha de ser muy consciente y muy crítico las barreras de mantienen la exclusión, asumiendo el deber moral de poner sobre la mesa y reconducir  aquellos factores organizativos, sociales y educativos privativos de una educación de calidad al tiempo que promueve una ética del cuidado (Escudero, 2006). Siguiendo los criterios de Ainscow, Black-Hawkins y Booth (2000), la creación de escuelas inclusivas y de calidad pasa por proporcionar a los docentes y a los equipos directivos las herramientas para construir aulas más adaptativas. Las cuatro características principales que presentan ese tipo de aulas son: producción conjunta de enseñantes y estudiantes; creación de significados compartidos, conectando la escuela y la vida; enseñanza de pensamiento complejo; enseñanza dialógica. Para lograr estos prerrequisitos y lograr una adaptación efectiva es preciso crear contextos de actividad simultáneos y diversificados, diversificar de personas y actividades, ir negociando y consolidando unos valores democráticos dentro de la cultura de aula e implementar estrategias de aprovechamiento de la diversidad cultural. También ha de existir un esfuerzo por fomentar experiencias de éxito que otorguen confianza en las propias capacidades y habilidades. Además, la evaluación, tanto formativa como formadora, ha de ocupar un espacio considerable en los procesos de reflexión de las prácticas educativas de cara a ofrecer oportunidades de mejora, reajustando aquellos elementos que sean necesarios, tanto por parte del docente como del alumno.

Otro de frentes abiertos en el campo de la orientación es la transformación de una cultura de la evaluación del desempeño hacia una cultura de una evaluación auténtica (continua, reguladora, situada) en la que se mida la destreza verdadera en un campo o tarea lo más parecida posible a la realidad a la que más tarde el individuo se enfrentará (competencias). Para ello han de concretarse unos criterios, los cuales deben ser una marca de los aspectos esenciales de un problema a distintos niveles, para que representen un apoyo adicional a la autorregulación del alumno. No obstante, debemos ir más allá del análisis de las prácticas de aula y hacer evaluaciones en el seno de la institución educativa y en relación con otros centros.

Tal y como plantea el informe McKinsey, la calidad de los sistemas educativos se encuentra íntimamente relacionada tanto con evaluación como proceso de regulación, adaptación y mejora de de la docencia como de la evaluación de los procesos y dinámicas que tienen lugar en los centros. La calidad real de la educación, cuyo reflejo se encuentra tanto en las finalidades como en los objetivos del proyecto educativo, ha de ser definida y construida desde la pertinencia, la eficiencia, la eficacia, la equidad y la relevancia. La relevancia, la eficacia y la equidad se relacionan con la finalidad socializadora de la educación escolar, mientras que la eficacia y la pertinencia tienen más que ver con la finalidad de individualizar. La relevancia implica la capacidad de promover aprendizajes fundamentales y significativos dentro de la sociedad en la que el aprendiz debe participar. La eficacia viene a ser una matización de la relevancia, puesto que se refiere a que las metas específicas que se concretan en el currículum, una vez que se decide cuáles son los saberes culturales relevantes, y a las cuales deben llegar todos los alumnos. La equidad es una condición necesaria para que las dos dimensiones anteriores sean posibles, pues habla de la necesidad de crear igualdad de oportunidades para que los alumnos puedan alcanzar unos aprendizajes básicos para moverse en sociedad y poder desarrollarse a nivel personal. Esta equidad, a nivel individual, se consigue, junto a la pertinencia, flexibilizando las experiencias educativas a partir del ajuste de la ayuda en prácticas que sean inclusivas. Podemos concluir, por tanto, que la implantación de procesos de calidad es de un valor incalculable para lograr una mejora en los dos ejes que anteriormente hemos destacado como áreas de cambio sobre las que el asesor debe insistir.

La calidad, por otra parte, está íntimamente relacionada con la formación de profesorado y con la innovación, la cual puede convertirse en una importante herramienta de experimentación y progreso en el profesorado y en institución en su totalidad si el asesor dispone de la habilidad de saber resaltar sus ventajas por encima del coste de sus esfuerzos.

Escudero y González (1984) establecieron un marco conceptual integrador de los diferentes modelos que se pueden encontrar en innovación que permitía visualizar los procesos de cambio en educación desde una perspectiva amplia: como proceso complejo, específico, progresivo, reconstructivo y situacional. La complejidad del proceso de innovación deriva de su naturaleza política, sociocultural y comunitaria, desmarcándose así de su estrecha y elemental concepción técnica o burocrática. Su naturaleza específica alude a los procesos institucionales y personales que hacen posible su ocurrencia. Es progresiva porque en educación la innovación no se alcanza de forma instantánea o a golpe de decreto ya que va a ser generado por los propios agentes del cambio y eso implica que también es reconstructiva y situacional. Por último, su concepción como proceso pone un énfasis especial en el análisis del desarrollo de la innovación: diseño, diseminación, adopción, adaptación, desarrollo y evaluación (Santana, 2010). Los planteamientos de Escudero y González suponen un avance respecto a concepciones más técnicas. Desde su enfoque se posibilita la introducción de modificaciones parciales en el centro educativo para producir escuelas más eficaces. De forma realista, se asume que no va a existir una participación total de todos los estamentos educativos, entendiendo que es preferible que se sumen aquellos grupos que estén más convencidos, hasta que otros vayan dejando atrás sus reticencias y se sumen al cambio. Asimismo, Escudero y González (1984) consideran que los procesos de innovación requieren del apoyo de los asesores psicopedagógicos, además de la infraestructura y de una renovación de los estamentos en cuanto a sus dinámicas y funciones. Tal y como expresa Martín Toscazo (2009) uno de los valores del asesor educativo es que es capaz de vincular el conocimiento teórico con la práctica y eso le otorga una condición especial para materializar iniciativas de investigación-acción o cualquier otra actividad de innovación. Su conexión con otros organismos y entidades, le hace igualmente valioso y eficaz a la hora de conseguir los recursos necesarios para desarrollar nuevos proyectos que permitan que la escuela se abra al entorno.

Loucks-Horsley y Hergat (1985) ofrecen una pauta estructurada en siete pasos que puede servir como referencia a la hora de impulsar de manera exitosa un proyecto de innovación: 1) Formulación del proyecto. 2) Valoración y establecimiento de metas. 3) Identificación de soluciones. 4) Preparación para la implementación. 5) Puesta en marcha del proyecto. 6) Revisar el desarrollo y problemas. 7) Mantenimiento e institucionalización. Además, ofrecen algunas recomendaciones de gran utilidad tales como: a) Actuar es mejor que planificar. Un análisis de necesidades muy dilatado es peor que no hacerlo. b) El director no es la clave de la innovación, aunque su papel es importante; no obstante, existen otras personas en la institución que pueden dinamizarlo. c) Es ridículo pensar que en las etapas iniciales de la puesta en marcha del proyecto se pueden generar sentimientos de pertenencia pues el sentido de pertenencia se va construyendo y desarrollando a lo largo del tiempo y a través del trabajo cotidiano. d) Es más crucial la ayuda y el apoyo al profesorado después de la planificación y de la formación inicial que el mejor de los entrenamientos previos. e) Una presión firme acompañada de las ayudas necesarias puede situar el proyecto en el sendero del éxito.

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Del orientador/a escolar al asesor/a psicopedagógico/a

La conceptualización y práctica de la orientación educativa cuenta con unos treinta años de evolución en nuestro país y se ha visto condicionada por las influencias de dos grandes disciplinas: la psicología y las ciencias de la educación. De la psicología ha heredado conocimientos de tipo evolutivo, social, en relación a la comunicación y al lenguaje y a los procesos básicos de pensamiento, así como una mirada fundamentalmente clínica, con tareas acordes a dicha visión como la evaluación, el diagnóstico, el consejo individual o la terapia, que fueron constituyendo lo que conocemos por intervención psicológica. La toma de contacto de la psicología con la educación y otras disciplinas socio-comunitarias ha ido ampliando progresivamente el foco, ofreciéndole una perspectiva más contextual. Por otra parte, la evolución de la concepción de la educación dentro del marco sociopolítico y socio-cultural de nuestro país, desde un enfoque más socializador a uno que contempla tanto la sociabilización como la individualización de las personas, en consonancia a una emergente realidad democrática y plural, fue generando la necesidad de unos servicios de apoyo a los centros escolares que exigían un ajuste a la naturaleza de ese contexto de intervención. Fue entonces cuando empezó a introducirse la noción de intervención psicopedagógica. Desde los años setenta hasta la actualidad se observa una tendencia desde la legislación y administración que vincula la orientación educativa con la intervención psicopedagógica, entendiendo que la intervención es un recurso especializado al servicio de dicha orientación. No obstante, cabe destacar que lo que se antes concebía como orientación se ha ido ampliando en un sentido de apoyo, tanto a alumnos como a profesorado, hasta que finalmente se ha diferenciado la orientación de otro tipo de tarea de acompañamiento y consejo experto que tiene el potencial de abarcar la totalidad de los procesos que se dan centro educativo: el asesoramiento.

Además de esta evolución conceptual, en la práctica podemos observar que la orientación ha pasado de ser una actividad asignada a una persona o grupo de personas especialistas, a las cuales se le otorgaba la responsabilidad de detectar, diagnosticar y solucionar “mágicamente” los problemas de la institución escolar (normalmente localizadas en ciertos individuos), a ser contemplada desde un enfoque más sistémico e integral, como una función de guía y promotora de cambio ligada a la actividad docente, muy especialmente en el caso de los profesores-tutores. Es decir, que ya no se asocia tanto al orientador con un experto, sino que existe un mayor compromiso de corresponsabilidad entre los miembros de la comunidad educativa (familia, docentes, especialistas). La orientación, además, posee un carácter más preventivo y de facilitación del desarrollo y para cumplir con ese cometido se ha integrado dentro del currículum, exigiendo la definición permanente de estrategias y programas de intervención dirigidos tanto a la mejora funcional y organizativa del centro como a asegurar una enseñanza-aprendizaje que pueda dar respuesta a la diversidad del alumnado (Fonseca Pérez y Mestre Gómez, 2006). En cuanto a áreas de intervención se refiere, la orientación ha evolucionado desde una actividad informativa y de apoyo a la toma de decisiones académicas y profesionales que también asumía la integración social de los alumnos y el buen seguimiento de las clases, a una figura de ayuda al desarrollo integral de los individuos, asentando su actuación sobre cuatro pilares básicos: el análisis de los procesos de enseñanza-aprendizaje, la acción tutorial, la atención a la diversidad y, en último lugar, la orientación académica y profesional (Almodóvar Garrido, 2009).

En cambio, el asesoramiento psicopedagógico, abarca a la institución educativa al completo, entendida como un sistema de relaciones con unas características particulares que sustentan su capacidad adaptativa. Para desarrollar su relación de acompañamiento y consejo se ha de servir de un modelo coherente con las finalidades de la educación y la actual visión interaccionista de entender las diferencias individuales. Dicho modelo, sin duda, debe partir de un enfoque educacional, es decir, preventivo más que terapéutico, y contener un componente constructivo (Solé, 2002). Este elemento constructivo guarda relación con la manera en que se concibe el psiquismo humano y el propio proceso de enseñanza-aprendizaje: como una díada indisociable que requiere de una construcción conjunta de significados compartidos en comunidad, dentro de la cual una serie de figuras o artefactos median entre el alumno y los contenidos de aprendizaje con el objetivo de crear un andamiaje que ayude a traspasar progresivamente el control de la actividad. Este proceso que ocurre a nivel de microsistema de aula, es el que se pretende propiciar desde el rol de asesor a nivel de macrosistema: que el centro se comporte como un organismo vivo que aprende, haciéndose cada vez más competente en la tarea de autogestionarse y de dar una respuesta eficaz a las necesidades cambiantes que se vayan presentando. Para ello, el asesor asume el rol de consejero experto y de dinamizador desde una posición de igualdad. Es un experto en el sentido de que se le reconoce un conocimiento profundo en relación a un tema, el cual comparte y revisa conjuntamente en función de las particularidades de cada demanda y cada situación. Es decir, que el asesor, al igual que la institución, va modificando sus esquemas internos en la medida en que necesita explicarlos a los demás agentes expertos en otros ámbitos para contribuir a una visión más compartida del problema y a lo largo de todo un proceso de acercamiento a la realidad y características del propio centro (estructura, cultura, objetivos, recursos, funcionamiento, entorno) que contribuye a afinar la búsqueda de soluciones realistas a través de un compromiso de colaboración mutuo (Bonals y González, 2005).

La prevención y la optimización han de ser, por tanto, objetivos prioritarios del asesoramiento y no pueden ser separados de una mirada abierta, global, multicausal e interrelacionada de la realidad, ni tampoco de una capacidad estratégica para valorar las fortalezas de cada tipo de recurso disponible a fin  de hacer frente a las debilidades que pueden hacer peligrar la homeostasis del sistema, más aún cuando entran en juego valores y maneras de organizarse muy diferentes que a menudo son vistas como amenazas. En cuanto a funciones, podríamos agrupar la intervención del asesor en tres grandes ámbitos: el asesoramiento a los órganos de dirección y gestión del centro; el asesoramiento al profesorado; el asesoramiento al alumnado y sus familias. La intervención del asesor en el primero de esos ámbitos se traduce en garantizar la ampliación del foco, dar coherencia al proyecto educativo, al diseño y evaluación del plan de acción tutorial y de atención a la diversidad, ayudar a elaborar programas que ayuden al desarrollo del centro y que cumplan con el sistema normativo, colaborar en la gestión de RRHH y apoyar la implantación de sistemas de calidad. En cuanto al profesorado, la tarea fundamental del asesor es contribuir a la mejora de la calidad docente desde diversas vías: dinamizar el funcionamiento de los equipos docentes, promover la formación en el profesorado, atender a sus demandas de asesoramiento respecto a diversos temas (planificación, metodología, elaboración de material didáctico, evaluación, atención a la diversidad, etc). En último lugar, el asesor ha de preocuparse de incrementar el potencial de influencia educativa positiva en padres y tutores, lo cual implica intervenir a veces directamente con los alumnos, aunque debería realizarse como una actuación complementaria y en coordinación con los demás agentes Además de estos tres grandes ámbitos, el asesor ha de abrirse a nuevos frentes en los que se está empezando a requerir su intervención, como es el caso de la convivencia, la evaluación interna y externa de sistema educativo, la innovación y la investigación (introducción y mejora de las TIC en el aula, entre otros) y el establecimiento de relaciones en red con otros organismos y entidades del entorno (López, 2008).

Ante todo, más allá del conocimiento en relación a los ejes comentados, el asesor ha de saber propiciar espacios de colaboración y aportar estrategias de trabajo conjunto, ya que sin una visión global y compartida, sin un consentimiento sincero, es imposible mantener cualquier tipo de intervención que afecte al funcionamiento y, muy especialmente a las estructuras de un centro educativo. En muchos momentos el asesor deberá actuar de mediador, utilizando sus habilidades discursivas,  comunicativas y de negociación. Estas habilidades son indispensables a la hora de plantear cambios, especialmente si su posición respecto a la institución es externa. Igualmente sólidos han de ser sus conocimientos en torno a la normativa, el currículum y los procesos de enseñanza-aprendizaje, con sus necesarias y continuas adaptaciones. En cuanto a estrategias dirigidas a fomentar la colaboración y la corresponsabilidad, merece la pena recoger la aportación de Bassedas (2005, citada en Bonals y Sánchez-Cano, 2007), quien propone el impulso y creación de estructuras nuevas en los centros, dotándose de una organización predispuesta a que se puedan exponer y resolver las dificultades de la tarea que se vaya a emprender; la elaboración de documentos escritos que faciliten la toma de decisiones y el seguimiento de líneas comunes de intervención; la elaboración de planes flexibles y reajustables, que sean sensibles a las características del contexto; promover espacios en los que haya tiempo para debatir y compartir significados y conocimientos específicos de los diferentes profesionales implicados.

 

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La orientación educativa: concepto y evolución histórica

La Orientación Educativa hoy día es reconocida como una disciplina científico-técnica perteneciente al campo de las Ciencias Humanas y Sociales, cuya finalidad es ayudar y acompañar a todas las personas, de forma continua y a lo largo de la vida, con el objetivo de potenciar la prevención y el desarrollo humano en todas sus áreas. Este proceso de ayuda está inserto y ocurre de forma paralela a la actividad educativa, la cual también se ocupa de estimular el desarrollo integral del individuo, posibilitando su participación activa, crítica y transformadora en la sociedad. Siguiendo a Rodríguez Espinar (1985), la intervención se realiza mediante el diseño, ejecución y evaluación de programas dirigidos a la producción de los cambios necesarios en el alumno y en los contextos en los que participa a fin de lograr su plena autonomía.

Actualmente se considera que existe una sola orientación, a pesar de que dentro de dicha unidad se incluyen conceptos y significados ligados a su evolución histórica, que ha ido definiendo sus áreas de intervención principales: la orientación vocacional y profesional; la orientación en los procesos de enseñanza y aprendizaje; la atención a la diversidad; la orientación para la prevención y el desarrollo humano.

La orientación vocacional fue la primera que surgió históricamente de la mano de los filósofos clásicos. Sócrates fue el primero que destacó la importancia del conocimiento de uno mismo. Platón, por su parte, se centró en la necesidad de determinar las aptitudes de los individuos y Aristóteles completó sus postulados propugnando el desarrollo de la racionalidad para que las personas pudieran elegir actividades u oficios relacionados con sus capacidades e intereses. En la Edad Media, tanto Santo Tomás de Aquino como Ramón Llull se preocuparon por el desarrollo de las potencialidades humanas y porque cada individuo enfocara su desempeño en consonancia con sus capacidades y preferencias. En el Renacimiento, Paracelso estudió el impacto de los factores de personalidad y edad y enumeró siete reglas básicas para orientar la vida. De esta etapa también cabe destacar la figura de Juan Huarte de San Juan, quien elaboró el primer trabajo de diagnóstico en orientación. Este autor defendía el carácter hereditario de las capacidades, aunque no despreciaba la influencia del ambiente y la educación en ellas.

Posteriormente los avances en matemática y en psicología experimental, posibilitaron la medición psicométrica y objetiva de las capacidades de las personas. A principios del siglo XX, la orientación comenzó a institucionalizarse en EEUU y tuvo como principal campo de trabajo la orientación vocacional y profesional. En los años veinte surgió el término “counseling” (consejo), el cual fue descrito como un proceso de ayuda personal para detectar las potencialidades del individuo y contribuir a la comprensión la información profesional para adaptarla a las posibilidades de esa persona. La forma de intervención, desde esta perspectiva, era fundamentalmente clínica. A partir de los años cincuenta, la orientación vocacional pasó a ser concebida como un proceso continuo y educativo donde se debían incluir todos los aspectos de la vida. En los setenta surgió el movimiento para la carrera, buscando integrar la orientación en el currículum como instrumento formativo, y la educación psicológica, que reclamaba la orientación al alumno para la adquisición de competencias necesarias para afrontar la vida. Este enfoque más global propició el uso de un modelo de intervención de consulta.

La orientación en los procesos de enseñanza y aprendizaje fue la segunda en aparecer y consolidarse históricamente y, junto a la anterior, ha sido la más reconocida institucionalmente. En la época de la Ilustración, Rosseau defendió la necesidad de estudiar las facultades del alumno, su formar de pensar y sentir a fin de adaptar la enseñanza a las diferencias individuales. La teoría darwinista propició el desarrollo de instrumentos para medir las diferencias individuales y generó una preocupación por la adaptación de los sujetos a diferentes ambientes. Después, la necesidad de elevar el nivel cultural de los ciudadanos y de rentabilizar el trabajo, generó la inquietud y el espacio adecuados para crear técnicas orientadas a la mejora del rendimiento formativo. En los años veinte, Kelly acuñó el término “orientación escolar” (educational guidance), describiéndola como una actividad de carácter procesual dirigida a proporcionar ayuda al alumno/a para la elección de sus estudios y para su adaptación en la escuela. En los años setenta, se puso énfasis en el diseño del currículum y en ochenta empezaron a surgir movimientos de renovación pedagógica que influenciaron la manera de entender el proceso de enseñanza-aprendizaje y el papel de la orientación en relación a dicho proceso.

La atención a la diversidad es un campo de intervención reciente, iniciado en España con la reforma de la LOGSE (1990), aunque sus antecedentes se encuentren en la filosofía clásica desde la cual se empezaron a definir las diferencias individuales. Tradicionalmente, la orientación se había centrado en las dificultades de aprendizaje y las dificultades de adaptación hasta el punto de propiciar la creación de servicios para diagnosticar las dificultades de aprendizaje y atender de forma prioritaria a los alumnos con necesidades educativas especiales. En los años ochenta, en EEUU, se inició el movimiento de las escuelas aceleradas, denunciando un modelo de escuela que no atendía al alumnado en riesgo y que únicamente aplicaba medidas de carácter remedial, en lugar de realizar un planteamiento integral que sirviera para atender a todos. Hasta el S.XXI esa influencia no caló en Europa. Actualmente se pretende contribuir a la creación de una escuela inclusiva, en la que todos tengan la oportunidad de formarse plenamente y la enseñanza de una respuesta personalizada a todo el alumnado.

El énfasis por la prevención y el desarrollo también es relativamente reciente. Se inicia entre los años ochenta y noventa en EEUU, momento en el que la orientación se extiende al ámbito comunitario, adquiriendo una visión más sistémica, y predomina el enfoque humanista, centrado en el desarrollo humano. En España se iniciaron cambios legislativos que propiciaron el trabajo en este ámbito a partir de la LOGSE, pero en la práctica se ha tardado más en superar el modelo clínico que se había heredado del “counseling” americano y del psicoanálisis europeo.

El actual planteamiento de la orientación educativa parte de una visión antropológica interaccionista, humanista y socio-crítica. Dicha visión condiciona la finalidad principal de la orientación (concretada más arriba), sus objetivos, los principios que guían su actuación, el modelo de intervención y los agentes implicados en la práctica orientadora.

Los objetivos que se marca la orientación educativa están íntimamente relacionados con su finalidad más elevada. Siguiendo a Rodríguez Moreno (1995:12), estos objetivos podían resumirse en: a) Lograr el desarrollo máximo de la personalidad; b) Conseguir la autocomprensión y aceptación de uno mismo; Conseguir autoorientación; c) Alcanzar madurez para la toma de decisiones educativas y vocacionales; d) Lograr la adaptación y el ajuste; e) Conseguir un aprendizaje óptimo en los años de escolaridad (que sirva para formarse a lo largo de toda la vida); f) Combinaciones de cualquiera de los puntos anteriores. Sin embargo, este autor enfoca demasiado los objetivos al alumnado. Tal y como se ha fijado en el inicio del documento, la orientación está dirigida a todas las personas, es decir, a la comunidad en su conjunto. Esto incluye a los miembros que integran y participan en el centro escolar (docentes, familias, alumnos) y a otros agentes que pertenecen a servicios comunitarios (trabajadores sociales, educadores, animadores socio-culturales, profesores de refuerzo, médicos, especialistas, etc). En este sentido, el MEC propone objetivos teniendo en cuenta a los distintos destinatarios. Además de algunos similares a los ya citados, entiende que desde la orientación se debe: 1) Prevenir las dificultades de aprendizaje y evitar fenómenos de abandono, fracaso e inadaptación social; 2) Contribuir a la adecuada relación e interacción entre los diferentes integrantes de la comunidad educativa.

Estos dos últimos objetivos contemplados por el MEC conectan con los principios fundamentales que guían la actuación orientadora: prevención, desarrollo e intervención social. El principio de prevención se refiere a la actuación anticipatoria dirigida a evitar la aparición de cualquier problema o a minimizar en lo posible sus efectos. Necesariamente ha de partir de un enfoque proactivo y comunitario, que centre su atención en explorar y conocer las características definitorias de cada contexto, sus factores de protección, sus factores de riesgo, los recursos disponibles (materiales y personales) y la influencia de estos elementos en relación al individuo a fin de eliminar o modificar ciertas condiciones ambientales . El principio de desarrollo hace referencia a que, desde la orientación, se ha de promover el desarrollo potencial de las personas desde un enfoque igualmente integral, que toque el mayor número de áreas posibles de desarrollo, teniendo en cuenta el medio y los contextos en que el individuo participa. El principio de intervención social se basa en la compensación de las desigualdades sociales y en la puesta en marcha de mecanismos para evitar que la escuela se convierta en un motor de reproducción social de ciertas estructuras que mantienen las diferencias entre grupos por razones socioeconómicas, étnicas, religiosas, de sexo, etc

A pesar de que a nivel legislativo y teórico se pone especial énfasis en la prevención y el desarrollo a fin de evitar en lo posible que la intervención se destine a corregir o rehabilitar, históricamente ya hemos visto que esta tendencia es reciente y se enfrenta a una larga tradición de intervenciones clínicas y programas compensatorios. La manera de ir revirtiendo esta situación dentro del ámbito escolar es a través de la intervención en el currículum, haciendo visibles los significados que contiene y el efecto de esos significados en la sociedad y preocupándonos de hacerlo más inclusivo para que los diferentes grupos o individuos que participan se sientan identificados con él y puedan darle un sentido a lo que aprenden. También es necesario propiciar cauces de comunicación y participación para que los diversos tipos de familias se integren más en los centros y puedan realizar su aportación al proyecto educativo del centro. Por último, es importante abrir el centro a la comunidad para establecer continuidades entre sistemas y poder llevar a cabo proyectos integrales que permitan modificar ciertos elementos del entorno que influyen negativamente en los individuos.

Este tipo de abordaje exige un enfoque comunitario y, tal y como propone Bisquerra (2005), una actuación basada en el modelo de programas, potenciados por componentes del modelo de consulta colaborativa, aunque a veces resulte inevitable realizar intervenciones individualizadas de carácter correctivo desde un modelo más clínico. Los programas deben poseer un carácter global e integrador y enfocarse tanto a estimular y fortalecer las potencialidades de los individuos (como a incidir y transformar las visiones compartidas y las acciones de los miembros más cercanos a la persona. A la hora de diseñar los programas es importante insistir la en prevención primaria, siempre que sea posible, atendiendo a las transiciones entre etapas. En el caso de que el problema ya esté presente pero no se haya desarrollado del todo, se realizaría una prevención de tipo secundario, dirigida a las poblaciones de riesgo. Cuando el problema ya esté arraigado, se procedería a una intervención más clínica, aunque desde una visión sistémica.

Desde esta perspectiva, los agentes que han de encargarse de impulsar y llevar a cabo estos programas son los miembros del equipo directivo, los tutores, los profesores, las familias, los especialistas del centro (PT, AL, profesor de diversificación curricular) y otros especialistas externos (médico, psicólogo, fisioterapeuta, trabajador social, etc), bajo la guía y coordinación del orientador/a que ejerce de promotor del cambio, de nexo y mediador entre los distintos agentes. Así pues, dentro de este marco, las funciones del orientador/a se quedarían agrupadas en estos ejes: a) Participación en el diseño, desarrollo y evaluación de los planes de intervención en las áreas mencionadas; b) Organización, planificación y evaluación de la orientación; c) Asesoramiento; d) Diagnóstico e intervención psicopedagógica; e) Impulso de la investigación e innovación educativa.

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